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Así fue como Ortega convirtió una revolución en su dictadura familiar

Así fue como Ortega convirtió una revolución en su dictadura familiar

A casi cinco décadas de la caída de Somoza, las excomandantes guerrilleras Mónica Baltodano y Dora María Téllez analizan desde el destierro la deriva autoritaria de Daniel Ortega y la traición al proyecto original de 1979

«¡Atención, atención!, guardia nacional, el general Anastasio Somoza ya se retiró del poder». Esas fueron las palabras que pronunció un guerrillero que como miles se encontraba batallando en las montañas de Nicaragua contra la dictadura de Anastasio Somoza. Era el 17 de julio de 1979. El mensaje se propagó por radios, calles y plazas. La dictadura de la familia Somoza, que había gobernado Nicaragua durante 45 años, había caído. Para miles de nicaragüenses aquel anuncio significó mucho más que el fin de un régimen: era la posibilidad de comenzar de nuevo. Ese día fue bautizado en Nicaragua como El Día de la Alegría. Miles de nicaragüenses salieron a las calles convencidos de que comenzaba una nueva etapa. Una generación de jóvenes asumía el poder con la promesa de construir un país distinto, libre de dictaduras, con justicia social, educación, salud y oportunidades para quienes durante décadas habían permanecido al margen. Cuarenta y siete años después, aquella revolución sigue dividiendo memorias y despertando preguntas. La principal es inevitable: ¿qué quedó de la revolución de 1979? Para responderla basta escuchar a dos mujeres que conocieron este movimiento desde sus entrañas. Mónica Baltodano y Dora María Téllez combatieron a la dictadura somocista, ocuparon responsabilidades durante el gobierno revolucionario y hoy viven desterradas por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Sus testimonios coinciden en una idea: el proyecto que ayudaron a construir terminó siendo traicionado por uno de sus dirigentes. Un líder que no ganó su notoriedad en la primera línea del frente guerrillero, sino que construyó su visibilidad política e institucional tras el triunfo de la revolución. El costo de un sueño: guerra y urnas en la Nicaragua de los 80 Durante los años ochenta, Nicaragua fue símbolo de solidaridad internacional. Miles de brigadistas convivieron con comunidades rurales y participaron en campañas de alfabetización y reconstrucción. La excomandante guerrillera Mónica Baltodano recuerda que quienes combatieron a la dictadura somocista no buscaban únicamente sacar a Anastasio Somoza del poder. «Nosotros, como miles de nicaragüenses, participamos en esa lucha porque queríamos no solo quitar a Somoza, sino construir una sociedad soberana, con justicia social, tierras para los campesinos, distribución de la riqueza, democracia, libertad, educación, salud y oportunidades para todos», dice en entrevista con Artículo 66. Mientras el gobierno sandinista impulsaba sus programas sociales, la guerra contra la «Contra», financiada por Estados Unidos e integrada por antiguos miembros del somocismo y campesinos que se armaron contra la nueva dictadura sandinista de los 80, dejó más de 50.000 muertos. A finales de los años ochenta, Nicaragua era un país agotado. La guerra había consumido recursos y profundizado la crisis económica. En febrero de 1990, los nicaragüenses acudieron nuevamente a las urnas. Contra todos los pronósticos, el Frente Sandinista, con Daniel Ortega, el autollamada «gallo ennavajado» como candidato, perdió las elecciones frente a la Unión Nacional Opositora (UNO), encabezada por Violeta Barrios de Chamorro. Para muchos historiadores, aquella transición representó uno de los mayores logros políticos de la revolución: un gobierno entregó el poder tras perder unas elecciones. Pero dentro del Frente Sandinista comenzó otra batalla, menos visible y con consecuencias que todavía marcan al país. «El poder dejó de ser para el pueblo» El rumbo del FSLN cambió drásticamente tras la derrota electoral de 1990. Para Dora María Téllez, historiadora y excomandante guerrillera, en ese momento clave la cúpula partidaria tomó el camino equivocado. «Después de la derrota, una mayoría del Frente Sandinista fue incapaz de reconocer que uno de los grandes aportes de la revolución era la transición democrática y respaldó una evolución profundamente autoritaria encabezada por Daniel Ortega», afirma Téllez. A su juicio, el líder sandinista ejecutó una estrategia en dos etapas: primero tomó el control absoluto del FSLN y, posteriormente, repitió el mismo patrón con el resto del país. Ese proceso de desmantelamiento interno no ocurrió de un día para otro. Mónica Baltodano explica que durante la década de los ochenta existía una dirección colegiada dentro del sandinismo que limitaba las ambiciones individuales, pero ese equilibrio institucional desapareció por completo en los años noventa. «La dirección colegiada se fue debilitando y, a partir del Congreso de 1994, Ortega avanzó en el caudillismo dentro del FSLN. Ya con el control de ese instrumento, se avanzó hacia el resto de la sociedad. Esto fue favorecido, hay que decirlo, por el pacto con el caudillismo liberal expresado en la figura de Arnoldo Alemán», señala Baltodano, en referencia al acuerdo político que reformó la ley electoral para bipartidizar los poderes del Estado, bajar el piso presidencial al 35% y asegurar la inmunidad de ambos caudillos. Fue así como Ortega convirtió el poder, concebido inicialmente como un proyecto colectivo, en un fin estrictamente personal. Regresó al poder y desde entonces no lo ha dejado. El génesis de la dictadura de Ortega En noviembre de 2006, Daniel Ortega ganó nuevamente las elecciones y regresó a la Presidencia en enero de 2007, dieciséis años después de haber dejado el poder. Muchos de sus antiguos simpatizantes interpretaron aquel triunfo como el regreso del proyecto revolucionario. Otros comenzaron a advertir que el país avanzaba en sentido contrario. Las reformas constitucionales, el control de los poderes del Estado, la subordinación del Ejército y la Policía, el debilitamiento de los partidos políticos y el creciente protagonismo de Rosario Murillo encendieron las alarmas entre antiguos compañeros de lucha. Baltodano asegura que para aquel entonces la revolución ya había dejado de pertenecer a quienes la hicieron posible. «Ortega traicionó esos principios cuando convirtió el poder, que era el poder para el pueblo, en el poder para él mismo, instalándose autocráticamente y utilizando todas las formas de la represión para conservarlo». Todavía faltaba una década para que esa transformación quedara expuesta frente al mundo. Abril de 2018 terminaría de romper el vínculo entre el relato revolucionario y la realidad que vivían miles de nicaragüenses. Las armas contra el pueblo Lo que comenzó como una protesta de estudiantes contra unas reformas al sistema de seguridad social se transformó rápidamente en una movilización nacional. Universitarios, campesinos, empresarios, jubilados, sacerdotes y ciudadanos sin militancia política salieron a las calles para exigir cambios. La respuesta del Estado fue tan inmediata como sangrienta. La Policía y grupos parapoliciales dispararon contra manifestantes desarmados. Las universidades fueron sitiadas, las barricadas desmanteladas por la fuerza y las cárceles volvieron a llenarse de presos políticos. Nicaragua entró en una nueva etapa de miedo. Más de 300 personas murieron baleadas. Para Baltodano, aquel momento confirmó que el proyecto revolucionario había quedado atrás. «Somoza cometió genocidio, bombardeó ciudades, asesinó masivamente y desapareció comunidades enteras en el campo. Ortega y Murillo no han llegado al genocidio porque no han enfrentado una lucha armada, pero no dudaron en asesinar a gente del pueblo que protestaba pacíficamente. Cometieron crímenes de lesa humanidad», afirma. Dos dictaduras, contextos distintos Dora María Téllez rechaza equiparar los niveles de crueldad entre la dictadura somocista y la orteguista, argumentando que cada una ha dejado una marca destructiva innegable en el país. Recuerda que la represión de la familia Somoza ocurrió en medio de una guerra revolucionaria. En cambio, sostiene, la violencia desatada desde 2018 tuvo como blanco a una población que protestaba de manera cívica. «Los Ortega Murillo han desatado un estado de terror contra una oposición cívica. Actúan como si estuvieran en guerra contra ciudadanos desarmados», dice. Para la excomandante, la tragedia radica en que Nicaragua llegó al siglo XXI con la posibilidad de consolidar una democracia y terminó regresando a un modelo autoritario. «Lo relevante no es discutir quién fue peor. Lo relevante es que hemos vuelto a sufrir una dictadura basada en la represión y el terror». La batalla por la memoria Cada 19 de julio, el oficialismo llena plazas con banderas rojinegras, discursos y canciones revolucionarias. Pero lejos de los actos oficiales, quienes participaron en la insurrección recuerdan otra revolución: la que soñaba con acabar para siempre con las dictaduras. Aquel guerrillero que anunció la caída de Somoza hablaba de un país que apenas empezaba a escribir una nueva historia. Casi cinco décadas después, esa promesa sigue siendo motivo de debate entre quienes la vivieron desde las trincheras. «Quienes dieron su vida en los años setenta y ochenta no lo hicieron para construir una nueva dictadura familiar, oprobiosa y brutal. Quienes aún respaldan este régimen pueden rectificar y sumarse a la resistencia democrática», concluye Baltodano. Téllez coincide en que la revolución fue reducida a un patrimonio familiar. «Han convertido la memoria de la revolución y de los caídos en una memoria que sirve para cohesionar a la familia Ortega Murillo». Sin embargo, asegura que ese relato ya no convence ni siquiera a buena parte de la militancia sandinista. «Muchos sandinistas se dieron cuenta de que el régimen tampoco los representa a ellos. Representa únicamente a la familia Ortega Murillo». A pesar de los intentos desesperados del régimen por proyectar una falsa popularidad, Dora María Téllez asegura que la realidad es muy distinta: los Ortega Murillo hoy están solos. Ese aislamiento no solo se vive dentro de Nicaragua de forma silenciosa, sino también en el ámbito internacional. Para la excomandante guerrillera, la dictadura enfrenta actualmente su momento de mayor vulnerabilidad, arrastrando una profunda crisis de legitimidad que, a los ojos de muchos de sus antiguos compañeros de lucha, no es más que el preludio inevitable de su caída. Al fin y al cabo, Somoza también cayó.

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