De Köthen a Portocolom

No era una noche fácil para interpretar a Bach. El calor sofocante que envolvía la iglesia de Portocolom se convirtió en un enemigo silencioso de los instrumentos de cuerda, pues resultó imposible mantener la tensión de las cuerdas durante las interpretaciones, cosa que obligó a afinaciones constantes, pero si existe una manera de medir la verdadera categoría de unos intérpretes es observar cómo responden cuando aparecen las dificultades. Y ahí, tanto el violinista Miquel Muñiz como el VMA Ensemble demostraron que saben afrontar cualquier incidencia.
Miquel Muñiz, violíVMA EnsembleEsglésia de Portocolom17-07-26 No era una noche fácil para interpretar a Bach. El calor sofocante que envolvía la iglesia de Portocolom se convirtió en un enemigo silencioso de los instrumentos de cuerda, pues resultó imposible mantener la tensión de las cuerdas durante las interpretaciones, cosa que obligó a afinaciones constantes, pero si existe una manera de medir la verdadera categoría de unos intérpretes es observar cómo responden cuando aparecen las dificultades. Y ahí, tanto el violinista Miquel Muñiz como el VMA Ensemble demostraron que saben afrontar cualquier incidencia. No podía haber mejor homenaje al Bach de Köthen, la pequeña ciudad donde el compositor escribió sus inmortales conciertos para violín. Durante una hora, Portocolom pareció convertirse en una discreta prolongación de aquella corte alemana. Cambiaban el paisaje, la temperatura y tres siglos de historia; permanecían intactos el genio de Bach la emoción de su música y la manera de darla a conocer. Desde los primeros compases del Concierto en mi mayor, BWV 1042, quedó claro que Miquel Muñiz posee algo más que una brillante técnica. Su violín canta con naturalidad, sin afectación, encontrando siempre el equilibrio entre el virtuosismo y la expresividad. El Andante fue una auténtica lección de musicalidad. El Concierto en la menor, BWV 1041 confirmó las excelentes sensaciones. Muñiz evitó cualquier tentación de convertir la dificultad en espectáculo. Todo sonó de sobresaliente y en especial el segundo movimiento, profundamente bachiano. Y para el final, la reconstrucción del BWV 1052R, una obra de enorme exigencia técnica en la que el violinista volvió a exhibir e incluso a aumentar, seguridad, personalidad y una técnica poco común. Pero sería injusto centrar todos los elogios en el solista. El mérito del concierto fue profundamente colectivo. Cada uno de los integrantes del VMA Ensemble merece un reconocimiento expreso. Las cuerdas respondieron con una cohesión admirable, mientras el continuo sostuvo el discurso con firmeza, inteligencia y exquisito buen gusto. En ningún momento actuaron como un simple acompañamiento; dialogaron con el solista y construyeron junto a él un Bach luminoso, transparente y lleno de vida. Por eso merecen ser citados aquí: el siempre profesional Sebastià Pou i Xisca Asensio a los violines, Maria José Gómez a la viola (muy bien en esos dúos con el solista), Esteban Belinchón al violonchelo y el gran Xisco Aguiló al contrabajo dieron el contrapunto grave al grupo y Jaume Tomàs, al clavicémbalo demostró una vez más su buen hacer, como intérprete y como director del ciclo. La acústica de la iglesia volvió a revelarse como una aliada magnífica para este repertorio. El sonido llegaba limpio, cálido y perfectamente equilibrado a todos los rincones, prácticamente llenos de un público, que siguió la interpretación con un silencio tan elocuente como respetuoso. Los aplausos finales fueron el reconocimiento a un concierto excelente, de esos que justifican por sí solos un festival. Durante una noche, Portocolom fue un poco Köthen. Y Bach volvió a recordarnos que la música verdaderamente grande siempre encuentra el camino para imponerse, incluso cuando el calor parece empeñado en desafinarla.
This is a summary. Read the full article at the original source.
Read full article at diariodemallorca
