El smartphone: el agujero negro

El Ciudadano Hay un objeto sobre la mesa, en nuestras manos, que, apagado, es un rectángulo perfectamente oscuro. Un monolito de circuitos mudo, un grado cero de la luz donde que nos devuelve nuestro propio reflejo en sombras. El smartphone, el agujero negro de nuestra vida moderna. Basta un toque para que cobre vida, la pantalla se [...] La entrada El smartphone: el agujero negro se publicó primero en El Ciudadano .
El Ciudadano Hay un objeto sobre la mesa, en nuestras manos, que, apagado, es un rectángulo perfectamente oscuro. Un monolito de circuitos mudo, un grado cero de la luz donde que nos devuelve nuestro propio reflejo en sombras. El smartphone, el agujero negro de nuestra vida moderna. Basta un toque para que cobre vida, la pantalla se enciende y algo brilla desde dentro, una galaxia de colores que no quema pero atrapa. Sin tomar total conciencia de ello, hemos sido absorbidos. Lo llamamos agujero negro y conviene aclararlo, no como una afirmación de física, sino metafórica. Un agujero negro real curva el espacio-tiempo porque concentra una masa colosal en un punto infinitesimal; su gravedad es tan extrema que ni la luz escapa. Un teléfono, con sus escasos gramos, no deforma el tejido del universo. Y sin embargo, algo se curva cuando lo miramos. Algo es succionado. Solo que no es la luz, es nuestra atención. El horizonte de sucesos de este agujero portátil se hacen vívidos en su pantalla retroiluminada. Los astrofísicos definen ese horizonte como el punto de no retorno, la frontera tras la cual todo desaparece de nuestro universo observable. El scroll funciona igual, una vez que el foco de la conciencia lo cruza, el retorno se vuelve difícil. Del otro lado hay una dimensión entera: videos, mensajes que cruzan océanos, rostros que hablan desde antípodas, guerras, risas, millones de opiniones ajenas. Todo eso viaja y se posa a veinte centímetros de nuestros ojos. Es el triunfo de la telepresencia, donde lo lejano se vuelve inmediato, vibrante, más vívido que la silla que tenemos al lado, o la voz de nuestra madre invitando a apagar el móvil. Y entonces ocurre la disociación. El cuerpo sigue ahí, respirando en el sofá, pero la conciencia ha migrado. La persona ha atravesado el espejo luminoso y su entorno inmediato -la voz que le habla, la caricia pendiente, el pájaro que cruza la ventana- se desvanece en la periferia. No es una desaparición física; es una ausencia existencial. El término coloquial para ignorar a alguien en favor de la pantalla es phubbing , pero este texto aspira a algo más hondo: a nombrar esa escisión del ser por la cual, a cada minuto que pasa, somos nosotros los que desaparecemos un poco más para los que están a nuestro lado. La filosofía antigua hablaba del alma que aspira a elevarse, a escapar de la caverna. Aquí, lo que se escapa es la atención, succionada por una caverna de bolsillo brillante y adictiva que nos promete todo el universo exterior a cambio de desmaterializar nuestro centro. La gran pregunta no es si el cosmos esconde abismos insondables -los telescopios del tamaño de la Tierra ya se construyeron para fotografiarlos-, sino cómo hemos normalizado llevar uno con nosotros y consultarlo como un oráculo, sin reparar en el vacío que abre en nuestra presencia. Quizás, al final, la mayor hazaña no sea encontrar agujeros negros en el cielo, sino atrevernos a apagar el que llevamos encima y volver a mirar, con ojos propios y no retroiluminados, el mundo cálido y tangible que aún se agita, paciente, al otro lado de nuestra ausencia. Por Bruno Sommer La entrada El smartphone: el agujero negro se publicó primero en El Ciudadano .
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