El viento, oficio secreto que sostiene al mundo

Lo amamos completo: en la brisa que nos despeina y en el vendaval que nos dobla. Su ternura nos sostiene y su furia nos ubica. Javier Ríos Gómez El viento es la única presencia que puede tocarlo todo sin ser vista. No tiene rostro y aun así nos reconoce; no tiene manos y, sin embargo, [...]
Lo amamos completo: en la brisa que nos despeina y en el vendaval que nos dobla. Su ternura nos sostiene y su furia nos ubica. Javier Ríos Gómez El viento es la única presencia que puede tocarlo todo sin ser vista. No tiene rostro y aun así nos reconoce; no tiene manos y, sin embargo, sostiene la vida entera. Nace del sol que hiere desigual la tierra, del aire caliente que asciende como plegaria y del aire frío que acude a ocupar su templo. La Tierra, al girar, lo peina y lo retuerce, y en ese gesto él aprende a ser camino. Ese camino es el viento. Sin él, el planeta sería una herida abierta: un ecuador calcinado y unos polos de piedra. El viento es la balanza que impide que el mundo se quiebre en dos infiernos. Pero incluso el mediador más fiel puede desbordarse. A veces olvida ser suave, y entonces lo llamamos con otros nombres para no admitir que es el mismo: tifón, ciclón, huracán, tornado. En esos momentos no es dador: es prueba. Arranca techos, dobla árboles, borra playas. Nos recuerda que la fuerza que nos sostiene también podría deshacernos. Y aun así, incluso en su furia, cumple su oficio. El huracán revuelve el mar para que respire; el tornado limpia el bosque enfermo; el tifón trae la lluvia que rompe la sequía. Hasta destruyendo, está tejiendo. Su estrago no es odio: es exceso de trabajo, es el aliento que se queda sin medida por tener que abrazar al mundo entero. En el reino vegetal, el viento es pies y es boda. Lleva el polen del roble al roble lejano, fecunda orquídeas escondidas, esparce semillas diminutas que fundan selvas donde antes no había nada. Trae polvo de oro del Sahara para alimentar a la Amazonia, un puente invisible entre el desierto más grande y la selva más vasta del mundo. En el reino animal es sustento y guía. Levanta el plancton que alimenta a la ballena, ordeña el mar y lo vuelve nube para que el mono beba en la copa del árbol. Sostiene al cóndor con un cojín invisible, presta su hombro a la mariposa monarca que cruza continentes pesando menos que un suspiro. Le dicta al salmón cuándo volver, a la abeja dónde ir, a las hormigas voladoras cuándo será su única noche de amor. En el reino invisible, el que no vemos, es sembrador de vida y de muerte: reparte esporas, bacterias, fermentos, la vida microscópica que hace fértil la tierra. Y también está con nosotros, los humanos, que creemos ser el centro y somos apenas una hebra más del tejido. Empujó las velas de los navegantes, fue ingrediente del fuego, movió los molinos que procesaron el trigo de los abuelos. Hoy gira torres blancas en las colinas para darnos energía limpia. Es barrendero de ciudades ahogadas, refresco que entra por ventanas cruzadas, mano que seca el lienzo del recién nacido, soplo que espanta la helada del cafetal, impulso que sube la cometa del niño hasta las manos de Dios. Todo lo vivo lo necesita El liquen pegado a la roca, el oso polar que espera el frío, el mangle que confía su semilla al viaje, el hombre que lo respira sin saberlo. El viento no es de nadie porque es de todos. No se ve y por eso está en todo. Es el beso perpetuo del sol a la Tierra, el espíritu que corre descalzo sobre el mundo. Por eso lo amamos completo: en la brisa que nos despeina y en el vendaval que nos dobla. Su ternura nos sostiene y su furia nos ubica. Sigue, viento: libre, fiel, indispensable. Hilo invisible que cose la selva con el desierto, el ala con la ola, la calma con la tormenta, la vida con la vida
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