Politics·

Farmacocracia

Farmacocracia
Source:hoy_es ↗

No existe una pastilla para cada malestar, pero actuamos como si la hubiera. Buscamos en cada píldora la felicidad, el descanso, el sueño, la eterna juventud, la delgadez y hasta el olvido, como si este no nos viniera de serie. Somos uno de los países líderes en consumo de ansiolíticos y cada vez más personas se enganchan a la inyección mágica que promete eliminar esos kilos que podríamos quitarnos fácilmente si cambiáramos nuestros hábitos. De hecho, muchos de nuestros sufrimientos se aliviarían con pequeños cambios para los que nunca tenemos tiempo: un paseo relajante, unas horas de gimnasio a la semana, aprender a decir que no, comer más sano, intentar digerir los problemas cotidianos sin añadir más drama a los asuntos o hablar con quienes pueden ayudarnos. Asumir la edad que se tiene y sus efectos secundarios con la misma despreocupación con que asumimos los de los medicamentos. No tomarse un protector de estómago o un antiácido por norma sino comer con menos grasa. Pero es mucho más rápido ponerse una pastilla bajo la lengua y sentir el alivio instantáneo, como si disolviéramos nuestros malestares en el sumidero de la despreocupación. No podemos permitirnos el cansancio, ni que a partir de cierta edad el cuerpo empiece a protestar. Tenemos que estar en perfecto estado de revista, con la piel impecable, el tipo perfecto y el ánimo de una veinteañera. Tampoco nos permitimos la tristeza, ni siquiera esa tan necesaria para asumir la muerte de alguien querido. Uno de mis recuerdos más terribles es la cantidad de personas que me recomendaron remedios contra la pena la misma noche de la muerte de mi madre, como si el único remedio posible no fuera esperar a que el tiempo cubriera la herida, la cicatrizara y la convirtiera en un recuerdo presente, pero sanado. A cambio de vivir encadenados a los fármacos innecesarios, no aprendemos a controlar los nervios, sino que los aplacamos, ni a asumir los fracasos, sino que los dormimos, y vivimos anestesiados en un mundo que no nos gusta, pero que no intentamos cambiar, tan plácidamente instalados en la tranquilidad ficticia de las pastillas. No somos los únicos responsables de atiborrarnos al menor malestar, porque los verdaderos culpables son las grandes empresas interesadas, el sistema que nos quiere adormecidos, la falta de tiempo en una sanidad saturada que no puede conceder a cada paciente una escucha atenta. Podríamos empezar por asumir lo cómodos que somos, pedir ayuda, y mirarnos al espejo, erguir los hombros, dejar de contar calorías y arrugas o de encoger barriga, y respirar hondo, justo antes de empezar los cambios que necesitamos mucho más que el bálsamo de Fierabrás, la versión quijotesca tan ficticia como nuestras pastillas.

This is a summary. Read the full article at the original source.