Horror, rabia, dolor

Hace quince días, escribí en estas páginas un artículo titulado "Con el alma en vilo". En él, trataba de recoger la angustia y el miedo que nos afligen en cuanto llega el verano y comienza la temida, y odiada, campaña de incendios. Aquellos terrores se han convertido en una catastrófica realidad. Esta vez le ha tocado a Sayago, a los Arribes del Duero, a los alrededores de Fermoselle. Conozco esa zona. Desde hace tiempo, vamos todos los años a la romería de "Los viriatos", a Fariza. Me son más que familiares pueblos como Zafara, Tudera, Badilla, Palazuelo, Argañín. En este último, estuve hace años a presentar mi libro "El llanto del trigo" y, en Fariza, presenté "Todas las muertes de El Sentenciao". Me encanta esa tierra, el carácter de sus gentes, el paisaje...¡Ay, el paisaje! Veo imágenes y ya no se parece en nada al que recuerdo y tengo siempre presente. Han ardido árboles, paneras, naves, casas, cortinas, pero también la memoria. La memoria de muchas generaciones, todo lo que fue creciendo, fuera y dentro, a lo largo de décadas y que ahora ha sido pasto de las llamas, como si el destino hubiese querido borrar lo poco que nos va quedando en el mundo rural. Y ese destino ha crucificado a Sayago, al igual que antes lo hizo con la Sierra de la Culebra, con Aliste, como pueblos de la comarca de Benavente.
Hace quince días, escribí en estas páginas un artículo titulado "Con el alma en vilo". En él, trataba de recoger la angustia y el miedo que nos afligen en cuanto llega el verano y comienza la temida, y odiada, campaña de incendios. Aquellos terrores se han convertido en una catastrófica realidad. Esta vez le ha tocado a Sayago, a los Arribes del Duero, a los alrededores de Fermoselle. Conozco esa zona. Desde hace tiempo, vamos todos los años a la romería de "Los viriatos", a Fariza. Me son más que familiares pueblos como Zafara, Tudera, Badilla, Palazuelo, Argañín. En este último, estuve hace años a presentar mi libro "El llanto del trigo" y, en Fariza, presenté "Todas las muertes de El Sentenciao". Me encanta esa tierra, el carácter de sus gentes, el paisaje...¡Ay, el paisaje! Veo imágenes y ya no se parece en nada al que recuerdo y tengo siempre presente. Han ardido árboles, paneras, naves, casas, cortinas, pero también la memoria. La memoria de muchas generaciones, todo lo que fue creciendo, fuera y dentro, a lo largo de décadas y que ahora ha sido pasto de las llamas, como si el destino hubiese querido borrar lo poco que nos va quedando en el mundo rural. Y ese destino ha crucificado a Sayago, al igual que antes lo hizo con la Sierra de la Culebra, con Aliste, como pueblos de la comarca de Benavente. Y ya con el incendio más o menos controlado, llega la hora de los lamentos y de las promesas, de esos compromisos verbales que rara vez se cumplen. Pasa lo que está pasando, pero hay quien sigue negando el cambio climático y la brutal subida de temperaturas. Hay quien se lleva las manos a la cabeza ante desastres como los de Ávila, Madrid, Guadalajara, Almería, Castellón, Zamora, mas rechaza un pacto nacional contra los incendios que implique a todo el mundo: gobierno central, comunidades autónomas, instituciones provinciales y locales, partidos políticos...Hay quien propone ese pacto, e insiste en él, pero todavía no ha llamado al jefe de la oposición para sentarse a hablar. Hay quienes, y son muchos, repiten y repiten que es necesario invertir en prevención, pero luego, en sus presupuestos, bajan las cantidades destinadas a este fin. Hay quien afirma que es necesario limpiar los montes, cuidarlos, mas no da un solo paso en tal sentido. Hay quien reclama a Pedro Sánchez más medios, pero no recuerda (o no quiere recordar) que de los 14 aviones apagafuegos del Ejército, solo uno lo adquirió un Ejecutivo del PP (Rajoy en 2013). Tres fueron comprados en tiempos de UCD (Adolfo Suárez) y todos los demás con gobiernos socialistas (Felipe González y Zapatero). En los ocho años de Aznar, ni uno. Quizás por eso lleva unos días calladito. Y quizás por eso, las críticas de Feijóo sean menos virulentas que en otras ocasiones. Acaba de empezar agosto, que suele ser un mes duro en materia de fuegos. Seguimos, pues, con el alma en vilo, con el pánico a que se repitan escenas como las vividas estos días en los Arribes. Y con la esperanza (ya veremos en qué queda) de que, por fin, alguien haga algo para evitar tragedias como las que venimos sufriendo desde hace tanto tiempo. Y de que alguien se ocupe del medio rural, de la vida en los pueblos, de la protección a la ganadería extensiva, del arreglo de los montes. Cuando suceden estos dramas, vuelan y aterizan supuestos remordimientos, declaraciones de mejora, de atención a este mundo que se desmorona. Pero llega el otoño y si te he visto no me acuerdo. Y ahora el temor es que la proximidad de las elecciones y el encallamiento de la vida política hagan aun más difíciles las soluciones requeridas. Al menos, que lo intenten. Y que no dejen en la estacada a quienes han perdido sus rebaños, sus naves, sus pastos, sus alpacas de paja, su heno. Si ellos no tiran para adelante, los pueblos se morirán un poco más. Y la rabia y la impotencia actuales serán ya crónicas, dolorosas, sangrantes. Y no podemos permitírnoslo.
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