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Juan Pablo Dos Santos inspira y apoya a sobrevivientes amputados tras los terremotos: La prótesis no te salva; la decisión, sí

Juan Pablo Dos Santos inspira y apoya a sobrevivientes amputados tras los terremotos: La prótesis no te salva; la decisión, sí

Las lesiones por aplastamiento del doblete sísmico del 24 de junio han dejado a cientos de personas, incluyendo niños, en necesidad urgente de prótesis o dispositivos de movilidad. Para responder a esa crisis silenciosa, la Fundación Juan Pablo Dos Santos —fundada por el modelo y conferencista que perdió ambas piernas— articuló junto a la Fundación CIREC de Colombia, el Hospital Ortopédico Infantil y Fundaprocura el Fondo Humanitario 77: fe sin fronteras. The post Juan Pablo Dos Santos inspira y apoya a sobrevivientes amputados tras los terremotos: La prótesis no te salva; la decisión, sí appeared first on EL NACIONAL .

Cientos. ¿Miles? Eso es lo que hay del otro lado de un número que todavía nadie ha terminado de contar: los amputados del terremoto del 24 de junio. Personas que sobrevivieron al derrumbe y despertaron en una cama de hospital sin un brazo, sin una pierna, sin un pie. Que tienen que decidir ahora, con lo que son, qué hacen con el resto de sus vidas. Juan Pablo Dos Santos también se hizo esa pregunta a los 22 años, desde una cama de terapia intensiva, después de que un accidente de tránsito en Caracas le arrancara las dos piernas. La respuesta, tiempo después, lo llevó al Maratón de Nueva York, a la Fashion Week, a los hospitales de La Guaira. Hoy tiene una nueva misión. Otra respuesta. La segunda crisis El doble terremoto ocurrido en Venezuela hace apenas un mes se mide en muertos, en edificios caídos, en familias desplazadas. Esos números existen, aunque sean imprecisos: más de 5.000 fallecidos, 7.000 personas rescatadas, según cifras oficiales Pero hay otro número que no ha sido cuantificado: el de personas que sobrevivieron y perdieron, en el proceso, un brazo, una pierna, un pie. Las lesiones por aplastamiento —las que produce el peso de toneladas de concreto sobre un cuerpo humano— tienen una consecuencia específica que la medicina llama amputación. Y una amputación es, posiblemente, el comienzo de una segunda vida que exige recursos, dispositivos, acompañamiento y tiempo. Lo primero que hay que entender es que una prótesis no es un accesorio. Es la diferencia entre caminar y no hacerlo. Entre trabajar y no trabajar. Entre la dependencia total y la autonomía posible. En Venezuela, donde el acceso a dispositivos médicos especializados era limitado incluso antes del terremoto, la urgencia de cientos de personas que los necesitan configura una crisis de segundo nivel que ocurre en silencio, lejos de las cámaras, en habitaciones de hospital sin visita. Juan Pablo Dos Santos lleva semanas visitando esas habitaciones. Alrededor de 50 pacientes. Uno a uno. Amputados, adultos y niños, que despiertan en camas sin saber bien aún lo que les ocurrió. Todos se preguntan lo mismo: cómo sigo. El galpón de Catia Quien entra por primera vez a Ortoprotécnica no sabe exactamente adónde llegó. El galpón ubicado en Catia tiene herramientas, yeso, moldes, máquinas de ejercicios. Hay cuchillos, serruchos, máquinas industriales que cortan y dan forma. También fibra de carbono y materiales importados de Alemania, Francia, Japón, Estados Unidos, Brasil. Y hay sillas de ruedas a medio ensamblar y prótesis en distintas etapas de fabricación. Parece una ferretería industrial. Pero entre esas máquinas, entre ese olor a plástico caliente y material trabajado, hay personas que llegaron sin extremidades y salieron caminando. Y no es solo aquel espacio productivo lo que llama la atención. Es lo que habita dentro: amputados en proceso de rehabilitación junto a especialistas que trabajan en silencio, que miden, cortan, ajustan, prueban. Un universo donde la urgencia técnica y la humana comparten el mismo metro cuadrado. Eduardo Dámaso lleva más de treinta años al frente de Ortoprotécnica. A los 19 años, sin que su madre lo supiera, aceptó una suplencia en el hospital Pérez Carreño, donde ella trabajaba en el área de rehabilitación. Entró arreglando pocetas y lavamanos. Salió como jefe del departamento ortopédico. "Cuando vi que podía ayudar a las personas y que me gustaba el hecho de que todo fuese manual", dice, "me fui dedicando y ahí logré mi meta". Su primera prótesis fue para un general de 70 años, trasplantado renal, famoso por ser parte del equipo que diseñó el Hospital Militar. Alta complejidad, escenario casi imposible. El hombre volvió a caminar. Ese resultado fue suficiente para que Eduardo Dámaso no se detuviera. Desde entonces ha atendido 4.000 casos en 30 años. Una familia, dice, no una empresa. Con diez personas en el equipo, el taller tiene capacidad para atender entre cuatro y ocho pacientes por día. Los materiales importados, pies, tubos, rodillas, se ensamblan con mano de obra venezolana. El rango de precios es amplio, desde 3.000 hasta 80.000 dólares, según el nivel de amputación y la tecnología. “Ganamos lo que puede mantener la ortopedia, pero tratamos de no encarecer las prótesis para ayudar a la mayor cantidad de gente”, dice Dámaso. La referencia de Ortoprotécnica no viene de la publicidad. “El boca a boca con pacientes ha sido nuestra única campaña”, dice Dámaso. “Ellos son nuestro mayor logro”. La empresa, hace cinco años, se convirtió en el mayor donante de prótesis de la Fundación Juan Pablo Dos Santos. Perdió las piernas, pero encontró su camino El 8 de septiembre de 2019, un automóvil en el que viajaba Juan Pablo Dos Santos chocó contra la defensa metálica de una autopista en Caracas. El impacto le destruyó ambas piernas. Tenía 22 años. Despertó tres días después en terapia intensiva. "Yo también estuve acostado en una cama pensando que se me acababa la vida. Yo también estuve ahí sin recursos, volteando a ver mi familia para preguntarles qué hacemos ahora". Hoy es modelo y conferencista motivacional con giras nacionales e internacionales. En 2025 completó el Maratón de Nueva York en más de quince horas, un recorrido que en un solo acto resumía todo lo que lleva años repitiéndole a otros: que el límite no es el cuerpo sino la decisión. Participó en la New York FashionWeek. Construyó una fundación. Sus prótesis actuales son de primer nivel: la rodilla izquierda es electrónica, con dos días de autonomía, diseñada para mejorar la estabilidad y reducir el esfuerzo físico. Una tecnología que existe. Que funciona. Que en Venezuela se fabrica e instala. "Tenía la falsa creencia de que aquí no iba a encontrar un lugar bueno para hacer prótesis", confiesa. Cuando conoció a Eduardo Dámaso llegó con desconfianza. "Me di la oportunidad de indagar en lo que hacían, en las máquinas que tenían. Es una ortopedia de primer nivel. Mano de obra venezolana. Nuestra gente trabajando". Imparables es el nombre de su campaña, el lema que Dos Santos lleva estampado en el pecho en cada carrera que disputa. "Lo que podemos llegar a ser cada uno de nosotros cuando nos marcamos un objetivo y estamos dispuestos a pagar el precio que tiene ese objetivo. No importa qué tan lento somos, no importa el ritmo. Lo importante es que no dejamos de intentarlo". Aplicar eso al 24 de junio es otra dimensión, reconoce. Porque los amputados del terremoto enfrentan varios dolores al mismo tiempo. El cuerpo que ya no es el mismo. El hogar que ya no existe. La familia, en algunos casos, tampoco está. "Son privilegiados de seguir con vida", dice. "Son un milagro que renació debajo de los escombros. Son el mensaje que necesita Venezuela para reconstruirse". En los hospitales hay algo que lo sorprende. El venezolano que pierde todo y encuentra cosas que agradecer. El que cuenta un chiste desde la cama antes de que terminen de curarle la herida. “Cuando el ser humano conecta con la gratitud, enmarca su vida en las posibilidades. Y esa es la resiliencia que tenemos como país. Hoy más que nunca tenemos que mantenerla y abrazar esa esencia”. ABC de las prótesis Para comprender qué necesitan los amputados del terremoto, Eduardo Dámaso explica desde la anatomía del problema. Una amputación transtibial, por ejemplo, —por debajo de la rodilla, el tipo más frecuente entre los sobrevivientes— conserva la articulación de la rodilla y permite un proceso de rehabilitación relativamente más accesible. Una transfemoral —por encima— requiere rodilla protésica, mayor complejidad técnica, mayor costo. Una desarticulación de cadera —la pérdida de toda la pierna más parte de la pelvis— es el escenario más complejo. Cada nivel exige una prótesis distinta, materiales específicos, tiempo de fabricación propio y proceso de adaptación diferente. Los materiales importan más de lo que parece. Hay plásticos diseñados específicamente para contacto con piel humana: no irritan, no generan ampollas, permiten que la piel respire. Hay resinas industriales —de carros, de lanchas— que son tóxicas para el cuerpo humano y que, sin embargo, algunas personas terminan usando por costo. “Queremos garantizar la salud y la comodidad del paciente. Eso es lo primero”, señala. La fibra de carbono, que se adapta con precisión al cuerpo, es el estándar que Ortoprotécnica prioriza cuando es posible. Hay prótesis mecánicas —que funcionan con mecanismos de resorte y palanca— y hay prótesis con microchips y procesadores eléctricos. “Con todas puedes caminar”, destaca Dámaso. “Uno ofrece la mejor opción al paciente después de una evaluación física, psicológica y, por supuesto, económica”. Hay para todo el mundo, insiste. Depende de lo que pueda pagar. Fondo Humanitario 77: fe sin fronteras Para que la oportunidad (una ortopedia en Catia, un hombre que fabricó 4.000 prótesis, un conferencista que conoce el dolor desde adentro) llegara a los amputados del terremoto, hizo falta construir una alianza con músculo institucional. La Fundación CIREC de Colombia, con más de 50 años de trayectoria en rehabilitación integral, se unió a la Fundación Juan Pablo Dos Santos y al Hospital Ortopédico Infantil —que lleva 80 años operando en Venezuela— para crear el Fondo Humanitario 77: fe sin fronteras. A ellos se suma Fundaprocura, con 35 años trabajando en rehabilitación y movilidad para personas en silla de ruedas. ¿Entregar una prótesis, cerrar el expediente y listo? No. El fondo nació con un modelo sostenible para garantizar mantenimiento, terapias y seguimiento continuo a cada paciente durante todas las etapas de su vida. "Nuestro compromiso no termina cuando entregamos una prótesis", destaca Dos Santos. "Estamos construyendo un proyecto sostenible en el tiempo". La meta es crear un centro de rehabilitación especializado en Venezuela. Como capital semilla, la Fundación CIREC destinó el equivalente a 277.000 dólares. La meta total es alcanzar dos millones. Al momento de la entrevista, el fondo supera los 320.000 dólares recaudados. Para los pacientes que aún no han registrado sus necesidades, existe una plataforma activa: fundacioncirec.org/fondo-humanitario-77. El equipo médico evalúa cada caso. Juan Pablo Dos Santos da la respuesta más inesperada cuando le preguntan qué cree que ha dejado sin decir hasta hoy. “Que no se olviden y que traten de ver lo que pasó en el país como Netflix. Que Venezuela, que La Guaira, sea la suscripción que vas a pagar mensualmente. Abraza un pedacito de mundo que quieras salvar. El mío son las prótesis y los niños que han perdido sus miembros”. No pide grandes gestos. Pide consistencia. Pide que el 1% o el 2% de los ingresos encuentre un destino. Que alguien vaya un sábado a pasar un rato con un niño que no tiene compañía. Que la ayuda no sea un impulso de un día sino una decisión de vida. En el galpón de Catia, entre máquinas y moldes de yeso y fibra de carbono, Eduardo Dámaso trabaja en lo que lleva treinta años haciendo: devolver el movimiento a quien lo perdió. Afuera, en los hospitales de La Guaira y Caracas, Juan Pablo Dos Santos visita a pacientes en casa. Escucha. Acompaña. Recuerda quién fue él en una cama. La crisis silenciosa de los amputados del terremoto no tiene el mismo dramatismo fotogénico de los escombros. No produce tantas imágenes que circulen en redes. Pero sí lanza una pregunta que cada uno de esos pacientes se hace desde su cama con la misma urgencia: ¿Y ahora qué hago? Hay una respuesta. Se fabrica con manos venezolanas en un galpón en Catia. Y hay una alianza de instituciones con décadas de historia trabajando para que el precio no sea el que decida quién vuelve a ponerse de pie.

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