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Qué hay detrás del pulso entre Sanidad y Eli Lilly por los tratamientos del alzhéimer

Qué hay detrás del pulso entre Sanidad y Eli Lilly por los tratamientos del alzhéimer

El retraso de las negociaciones para introducir los fármacos en la sanidad pública lleva a la firma a criticar que se deje a enfermos y médicos sin “las herramientas que necesitan”.

La promesa de contar por primera vez con medicamentos capaces de cambiar el curso del alzhéimer ha abierto una de las mayores tensiones recientes entre la industria farmacéutica y la sanidad pública española. Lo que parecía un avance histórico para miles de pacientes y sus familias se ha convertido en un pulso entre las expectativas generadas por los nuevos tratamientos y la obligación de las administraciones de garantizar la sostenibilidad del sistema sanitario. El conflicto gira en torno a dos terapias innovadoras: Kisunla (donanemab), desarrollado por la compañía estadounidense Eli Lilly, y Leqembi (lecanemab), impulsado por Eisai y Biogen. Ambos están destinados a personas con alzhéimer en fases tempranas y representan una nueva generación de fármacos que actúan sobre las placas de proteína beta-amiloide relacionadas con la enfermedad. La decisión de la Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos (CIPM) de no aprobar por ahora su financiación pública ha desencadenado un enfrentamiento poco habitual. La clave de la negociación estaba en una condición planteada por Sanidad y las comunidades autónomas: establecer un límite máximo de gasto para evitar que la incorporación de estos tratamientos pudiera disparar la factura sanitaria. Para el Ministerio de Sanidad, la medida responde a una cuestión de planificación y equilibrio. La administración considera que la llegada de medicamentos con un coste elevado debe hacerse con garantías para que no comprometa otros tratamientos y servicios esenciales. Sin embargo, para Eli Lilly la decisión supone privar a pacientes y médicos de una herramienta que, aunque no cura la enfermedad, puede ofrecer más tiempo antes de que avance el deterioro cognitivo. El choque entre la esperanza de los pacientes y la cautela de Sanidad La reacción de la farmacéutica ha sido especialmente contundente. Julio Gay-Ger, presidente de Eli Lilly en España, expresó públicamente su decepción y defendió que detrás de cada decisión administrativa existen pacientes y familias que esperan nuevas alternativas. La compañía sostiene que retrasar el acceso a estos medicamentos puede suponer perder una oportunidad para intervenir en las primeras fases del alzhéimer. Las asociaciones de pacientes también han elevado la presión. La Confederación Española de Alzheimer y otras Demencias (CEAFA) calificó la decisión de injustificable y reclamó que las personas afectadas puedan beneficiarse de los avances científicos disponibles. En la misma línea, la Sociedad Española de Neurología (SEN) manifestó su preocupación por el retraso en la incorporación de estas terapias. Nuevos tests de sangre para el alzhéimer prometen adelantar el diagnóstico hasta una década Un simple pinchazo en el dedo podría adelantar el diagnóstico del alzhéimer ¿Un metal contra el olvido? El litio abre una nueva vía en la lucha contra el alzhéimer Pero el debate va mucho más allá de una disputa económica. El problema central es cuánto valor tiene un medicamento que ofrece una mejora limitada pero que abre una puerta hasta ahora inexistente en una enfermedad devastadora. Los tratamientos actuales contra el alzhéimer alivian síntomas, pero no frenan su evolución. Estos nuevos fármacos han demostrado capacidad para ralentizar ligeramente el deterioro en determinados pacientes, aunque sus resultados han generado debate entre expertos. Un medicamento revolucionario, pero con muchas dudas Sanidad insiste en que la autorización de estos tratamientos estuvo acompañada de un intenso debate científico. Entre las principales preocupaciones se encuentran sus posibles efectos adversos, especialmente el riesgo de hemorragias cerebrales asociado a las terapias dirigidas contra la proteína beta-amiloide. A esta incertidumbre médica se suma el impacto económico. El precio anual del tratamiento con Kisunla ronda los 30.000 euros por paciente. En un país con una población envejecida y con una elevada incidencia de alzhéimer, asumir ese coste sin límites podría representar un desafío considerable para las cuentas públicas. El secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, ha defendido esta posición asegurando que el objetivo del Gobierno no es bloquear la innovación, sino evitar generar falsas expectativas. Según su argumento, presentar estos medicamentos como una solución transformadora podría provocar una percepción equivocada entre pacientes y familiares, ya que sus beneficios, aunque relevantes, no suponen una revolución clínica. La situación española refleja además un dilema que afecta a toda Europa. Ningún Estado miembro de la Unión Europea ha incorporado estos tratamientos de forma generalizada a su financiación pública. Algunos países han establecido programas muy restringidos, pero el acceso continúa siendo limitado debido precisamente a las dudas sobre eficacia, seguridad y coste. El pulso que marcará cómo se financian los avances médicos del futuro La disputa entre Eli Lilly y Sanidad no solo afecta al alzhéimer. También anticipa un debate cada vez más frecuente: cómo deben las sociedades modernas pagar los grandes avances médicos cuando llegan terapias innovadoras con precios elevados. España se encuentra ante una decisión compleja. Por un lado, existe la presión de pacientes y profesionales que reclaman acceso a los avances científicos. Por otro, las administraciones deben decidir cómo distribuir recursos limitados en un sistema sanitario que afronta cada vez más necesidades. Aunque el enfrentamiento público ha elevado la tensión, Sanidad mantiene abierta la puerta al acuerdo. La posibilidad de incorporar estos medicamentos al Sistema Nacional de Salud dependerá de que las farmacéuticas acepten nuevas condiciones que permitan controlar el gasto y garantizar que la llegada de los tratamientos sea sostenible. El caso del alzhéimer se ha convertido así en un símbolo de una cuestión mayor: cómo equilibrar la esperanza que ofrece la ciencia con la realidad económica de la sanidad pública. La respuesta que se alcance podría marcar el camino para futuros medicamentos destinados a enfermedades donde la innovación promete mucho, pero todavía convive con importantes interrogantes. @mundiario

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