Sánchez suspende el test Voight-Kampff

Aparecía en el escenario Pedro Sánchez con el uniforme de fingir humanidad tras la petición al público de Broncano de «un aplauso democrático» para el presidente del gobierno «por poco tiempo». De pie, incómodo y sin saber dónde poner las manos, intentando (sin éxito) parecer natural con la sonrisa modo campechano activada, arrancaba una entrevista que se esperaba distendida y gamberra pero que resultó artificial y tediosa. Y larga. Larguísima. Casi tanto como se nos ha hecho la propia legislatura. Era recibido sin regalo («porque así empezó lo de Zapatero y mira»), pero sí traía Sánchez obsequio para Broncano: un tablero de ajedrez («es un juego que va de cargarse al rey») y un tarro de galletas con forma de perro. ¿Lo pillan, lo del perro? La monda. Y es que, ya les digo, venía el presidente de colegueo y se tenía que notar. Pero no es su registro, mal me sabe, y por eso no tardaron en sucederse toda una batería de gestos raros, lo que parecían ser inoportunos (y con dificultad contenidos) efluvios gástricos y alguna risa convulsa. Como un replicante a punto de suspender el Voight-Kampff. Cada sonrisa parecía medida, cada chiste preparado y, cada impertinencia del entrevistador, consensuada. Todo a favor de obra para que Broncano no pareciese demasiado servil y el presidente sí el yerno perfecto o, como Spiderman, tu vecino y amigo (pese a ser el superhéroe que es, qué grandeza). Seguro que en la cabeza de alguno de sus cientos de gestantes de ideas geniales resultaba espectacular. Pero en el Albéniz todo parecía exactamente lo que era: puro teatro. Ni siquiera Broncano parecía estar disfrutando, aunque haya hecho de esa aparente desidia, esa fatiguilla displicente, marca de la casa. Como el vocalizar mal (que pareció contagiarle por momentos a Sánchez) o preguntar por sexo y pasta (lo hizo).Cada chascarrillo o coñita punzante (Tezanos, el hackeo del móvil, González, Zapatero…) se antojaba diseñada ad hoc para desacartonar al presidente y que apareciese como alguien que sabe reírse de sí mismo y, cada pregunta ligeramente incómoda, acordada para parecer un tipo capaz de encajar la pregunta incisiva y, sin amilanarse ni molestarse, transformarla en minipunto para la banca. Pero hubo fallo en Matrix: Broncano preguntaba por Ceuta y el público le aplaudía con, quizá, más entusiasmo del esperado. Esto se repetiría hasta en cinco ocasiones (sí, las conté), en las que el público jaleaba al entrevistador al preguntar (y replicar) por Ceuta y por el problema de la vivienda, y no a las respuestas del presidente. Una de ellas, además, al sacar Sánchez de la manga el comodín de Maricarmen y espetarle Broncano que está muy bien como símbolo, y que son necesarios, pero que quizá no se habría tenido que esperar a símbolos y metáforas. «Os habéis esperado muy al final, Pedro, a octubre del 2026». Aplausos del respetable, ya digo, y gesto facial de irritación del entrevistado. Que lo mismo así no os renuevan, David, ni aun ganando el PSOE con esa «más mayoría» que prevé Sánchez para sí mismo (o los 176 escaños durante un año con los que sueña para solucionar en ese tiempo todos los problemas que no ha solucionado en ocho). Y aunque el público, muy educadito él, aplaudió también con moderado entusiasmo (y no sé si bajo indicación) cada cuña electoral, de activar un aplausómetro (y que no fuese auditado por Tezanos) ganaría de calle Broncano. Y no sé yo si era esa la idea, como tampoco estoy segura de que contestar agarrado a un cojín sea la mejor manera de transmitir seguridad y capacidad de liderazgo. O de lo positivo de que haya sido tan evidente la diferencia entre su forma de expresarse cuando tiene preparada, memorizada y ensayada la respuesta (hablar pausado, enfatizar, frases más elaboradas) y cuando no (farfullar, balbucear, trastabillarse, frases desordenadas y mal articuladas).Como bonus track del sainete, una Candela Peña en modo groupie pasada de revoluciones, chillando y enlazando fraseo como si una pausa para respirar implicase perder la voz para siempre, era el remate perfecto: apagar la tele mientras ella seguía hablando ha sido un alivio similar a cuando deja de sonar el extractor de la cocina. Qué gustico, madre.
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